LOLA Y EL SEMENTAL


Esta es una de esas historias que me encanta contar, porque confirma que en el tema de los desencantos, las metidas de pata y los errores de cálculo no estoy sola en el universo y que así como yo he tenido la desgracia de encontrarme en el camino con trogloditas de la vagina, existen muchas otras mujeres que han corrido mi misma suerte.

“Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”, dice aquella frase de la sabiduría popular, y es precisamente sobre ese imperativo categórico en el que se fundamenta esta anécdota. Le sucedió a Lola, Lola es una amiga mexicana, muy guapa, en sus treintas, Ingeniera Industrial, mujer independiente y soltera.

Lola conoció a Paolo en el aeropuerto, Paolo es un extranjero de buen ver, soltero, en sus cincuentas, profesional exitoso de buen perfil. Inmediatamente hicieron click y empezaron una amistad virtual, pues dadas las ocupaciones de Paolo que viaja mucho por trabajo, no podían permitirse más. La amistad epistolar se convirtió pronto es una potencial relación y con el tiempo, como es de esperarse, las conversaciones se tornaron más íntimas hasta desembocar en los detalles sobre sus preferencias sexuales.

Lola y Paolo se conectaban a diario por Skype, esto les permitía aventurarse más a intimar y no perder detalle sobre la anatomía del otro, circunstancia que contribuyó a encender más la calentura que ya tenían bien encaminada. En sus largas conversaciones, Paolo hacía gala de sus proezas en la cama, se jactaba de ser un semental de alto rendimiento y prometía dejarla renca cuando terminara con ella. 

Lola le creía, pues había visto con sus propios ojos aquel pene gigante por lo que no dudaba que aquello iba a bastar y sobrar para dejarla satisfecha y pidiendo más… pero bien dicen que no hay chiquita sin su gracia ni grandota sin su desgracia.

Después de un tiempo en esta dinámica de consolarse mutuamente a distancia, finalmente Paolo estaría de regreso en México, regresaba de un largo viaje de negocios y había preparado un fin de semana de romance y sexo desenfrenado para él y Lola. La Lola no cabía de la alegría, se imaginaba regresando en silla de ruedas de aquella aventura: Lisiada, pero contenta.

Finalmente se llegó el día, Lola y Paolo se encontraron como habían acordado y partieron hacia un hotel de playa a las afueras de la ciudad para pasar ese tan esperado fin de semana. Durante el trayecto no dejaban de tocarse, se comían con los ojos y no podían esperar a estar solos en aquella habitación de hotel. La Lola había empacado su mejor lencería e iba preparada para ser un deleite para los sentidos, de modo que se sentía completamente confiada y deseosa de ser comida de afuera hacia adentro. 

Una vez hubieron llegado al hotel, se registraron y subieron a la habitación. Todo era perfecto… o al menos eso parecía. En cuanto cerraron la puerta, aquel semental extranjero de grandes proporciones penianas se arrojó encima de Lola como si no hubiera un mañana, con tanta efusividad que no la dejaba ni respirar, le arrancó la ropa como si de quitarle la carne a un carnero medio muerto se tratara. Su torpeza era tal que Lola tuvo que ayudarle para que no le echara a perder la delicada lencería que él ni siquiera miró. 

Una vez la tuvo desnuda y tendida en la cama, de inmediato procedió a encajarle sus dedos enormes en la vagina y empezó a escarbar sus delicadas cavidades como si estuviera buscando un camarón tití escondido en arena de mar, retorcía sus tenazas con tanta torpeza que Lola tuvo que pedirle que se detuviera porque allí no tenía nada guardado. Desesperado por no quedar mal, pero todavía sin dar crédito de su torpeza, intentó hacer lujo de sus “proezas”, dándole en palabras de Lola: “el peor sexo oral de mi vida”. Succionaba sus cavidades como quien trata de sacar el tuétano de un hueso de res, sobre todo cuando llegó a la cola: “Me metió lengua y todo. Al principio sentí raro y algo de vergüenza, porque aunque limpia, la cola es la cola. Después me relajé y pensé: Oh sí, hártate todo mi culo, que no siempre tengo un imbécil deseando hacerlo”, pensó Lola, intentando el autoengaño como último recurso para no dar todo aquello por perdido.

Para cuando terminó de limpiarle los intestinos, la pobre Lola albergaba la esperanza, aunque mínima, de que una vez que la penetrara al menos el desempeño compensara las rozaduras que su pobre culo y su ardida vagina acababan de sufrir, pero oh! sorpresa, aquellas promesas de dejarla lisiada de placer se desvanecieron en cuanto Lola empezó a sentir que ese enorme y bien dotado miembro iba perdiendo potencia a medida pasaban los minutos, de nada sirvieron los trabajos manuales y orales que tuvo que proporcionarle para mantenerlo erecto, una vez lograba penetrarla, la flacidez se hacía presente y cuando conseguía mantenerlo firme por un tiempo, Lola no sabía si él lo estaba disfrutando o permanecía pendiente de no perder la erección.

Intentaron de todo, incluso hubo un momento en que según cuenta Lola, logró alcanzar un ritmo decente, pero a los pocos minutos aquel semental se convertía en un anciano decadente frente a sus ojos, parecía quedarse dormido encima suyo y nuevamente llegaba la flacidez. Como un último recurso, se aventuraron al sexo anal, pero aquella hazaña fue imposible, pues los niveles de decrepitud de aquel miembro eran tales que impidieron la penetración por orificios más estrechas.

La faena terminó así, infructuosa y decepcionante para la pobre Lola, pero no olvidemos que se trataba de un fin de semana completo, tenía todavía que enfrentar además del sexo decepcionante, la travesía de tener que convivir con este individuo. Sin embargo, Lola recordaba que a nivel intelectual e interpersonal eran bastante compatibles y pensó que seguramente si omitían el sexo, lo pasarían bien… otro error.

Cuenta Lola que el energúmeno se la pasó viendo novelas el fin de semana completo, le dio instrucciones de no hablar durante los capítulos porque no quería perder detalle. Cada vez que salían a cenar no tenía ni una sola cortesía, no abría las puertas para dejarla pasar primero, no le corría la silla para que se sentara, hasta las conversaciones se tornaron incómodas, incluso tuvo la rudeza de comentar que dado que Lola es mitad Española, sentía pena por ella, porque nunca había viajado a España. El único detalle que tuvo fue el de no dejarla pagar la cuenta cuando ella se ofreció a hacerlo. En pocas palabras, aquel educado semental extranjero se convirtió en una versión cutre de Shrek. Lola llegó a pensar que había muerto y estaba en uno de los círculos del infierno. Ahora, entre risas me comenta: “Me sentí como una versión bizarra de mujer bonita: puta, sin la paga y sin el galán”.

Lola y yo nos hemos reído de amores con la historia del patán extranjero. Es increíble que una tenga que calarse tanto homínido bípedo que se llena la boca tratando de compensar a punta de palabras todas sus carencias. No hay nada más patético que un tipejo que presuma de buen amante y a la hora del encame de no sepa ni como comer un coño. ¡Que la vagina es un área delicada, carajo, no es carne para trinchar!

Dicen que los caballeros no tienen memoria, pero nosotras no somos caballeros y vaya que tenemos memoria. Es menester por el bien de nuestras congéneres, poner en evidencia a estos patanes penes flácidos para que en el futuro no sigan jugando con las dignidades de otras féminas y más importante todavía, que no vayan por la vida lesionando vaginas como si se tratara de carne de espetón.

Caballeros, tengan un poco de sentido común y no presuman de lo que no tienen, recuerden que muchas veces las mujeres nos abstenemos de evidenciar su pobre desempeño como una muestra de lástima y condescendencia para no lesionar su ya bastante lacerada virilidad, pero siempre tenemos a una amiga a quien confiarle nuestro desencanto y si esa amiga soy yo, seguramente sus miserias terminarán expuestas en un post. So be carefull i'll be watching you… 

MI TOUR AL MERCADO CENTRAL, EL GUACAL DE ZIN Y EL MONTÓN DE COMPRADOS.


Ahora fui al centro a hacer mis “comprados”. Como algunos de ustedes ya saben, acostumbro hacer mis compras en el mercado Sagrado Corazón, los domingos en compañía de mi hermana; pero vaya, nos ganó la hueva y no fuimos, así que como ya sólo tenía dos cebollas en la refri, me aventuré a ir yo solita, con la idea de traer sólo lo necesario para cubrir los tres tiempos hasta el fin de semana.

Entonces, me apié allí por el ex Simán, que hoy le mientan: “Plaza Centro”, bajé hasta donde era… o es, no sé, la “Galería Central”, en ese punto empieza el recorrido que hacemos los domingos con la sister, tenemos un sistema bien estructurado que no admite improvisaciones y va de la siguiente manera: Tortillas, embutidos, productos importados (sí, en el mercado central tenemos proveedor de comida importada y no somos creídas), pollo, carnes, verdurita cortada para la sopa, olor, parada obligatoria para tomarnos una horchata, abarrotería, comida para los perros, fruta, verduras y pan de oriente.

Una vez me adentré a las entrañas del mercado, empecé con el mismo itinerario; recuerden que la idea era traer a la casa sólo lo necesario para que alcanzara hasta el domingo, pero ya en el puesto me aloqué y empecé a comprar lo de siempre y aquella bolsa cada vez pesaba más. Con mi hermana nos repartimos el peso, pero sola, yo sabía que me iba a cantar putas, pero hice caso omiso de mi lado racional y seguí comprando poroto y medio.

Cuando llegué donde la señora de la carne, me dijo: “aquí le tengo su navidá”, era un gran guacal de “zin”, y yo dije: “Hoy sí ya valí verga, porque esa carajada me va a hacer estorbo”, pero ni modo que le dijera a la señora que no lo quería, además estaba bien bonito para meter a ablandarles la tierra a los calcetines va jejeje. Muy agradecida, agarré el guacal y me encomendé a Dios, porque iba a ser un desvergue cargar ese volado hasta la casa.

En la zona de abarrotería, calculé que con ese último tatane iban a flaquearme las fuerzas, entonces me dije: “Vaya Vero, vos cuando ibas donde la abuela te podías un guacal lleno de maíz cocido hasta el molino, y de regreso con masa y hasta te ibas comiendo los granitos en el camino, caminabas ocho cuadras en aquellas calles empedradas, en yinas y sin yagual, no te ahuevés”.

Dicho y hecho, empecé a meter todo en el tal guacal y le dije al maitro de la tienda: “Don, ayúdeme a alzármelo” jajaja, me sentí bien autóctona. :P Así, emprendí mi camino a comprar las frutas y las verduras, no niego que aquello pesaba un cachimbo, pero con un poco de fuerza de voluntad, era muy probable que alcanzara a llegar hasta la parada.

Terminé mis compras sin apiarme el guacal de la cabeza, me sorprendió tener todavía el equilibrio para poder soltarlo y agarrar con las dos manos las otras bolsas restantes. Habiendo terminado con las compras, salí del mercado. En algún momento pensé: “soy tan torcida que me voy a encontrar a alguno de los libidinosos del feisbuc y yo toda mechuda aquí con cero glamour”… Luego lo pensé mejor: “Ah chis ve, con suerte me encuentro alguno y le encaramo estos comprados” jajaja.

En la subida parí enanos, porque se me iba hundiendo la mollera, me flaqueaban las fuerzas, sobretodo porque el bus estaba pasando dos cuadras arriba por las ventas de navidad que bloqueaban la calle; lo único que pensaba era: “Puta!, falta un vergo… ¡A qué horas se va a terminar este calvario, Señor dame juerzas!” L ; pero llegué, con la cabeza toda entumida, pero lo logré, me trepé al bus y regresé a mi casa con la dignidad intacta jejeje.
Con esta experiencia aprendí algunas cosas: 1) Que soy una mujer cachimbona, digna hija de Atlacatl, hembra pipil 503 recargada, 2) Que como dice mi abuela: “hija con vos ajusta para hacer cuatro mujeres vergonas y todavía sobra” y 3) Que no debo ir al mercado sin mi hermana jajajaja. 

*Este post está dedicado a Ob Sandoval, creador de Ob´s World, que dice que mis proesas de hembra Lenca enamoran xD Emoticón kiss

POR EL PRIVILEGIO DE SER MUJER.


Cada vez que una mujer toma el coraje suficiente para expresar sus opiniones con cierta libertad, tiene que estar preparada emocionalmente para lo que viene, incluso si se expresa con propiedad y hace buen uso de las palabras. Por lo general, la reacción natural de quienes la escuchan o la leen es de censura inmediata; esta reprobación automática ha existido desde siempre, es una suerte de reflejo condicionado, una necesidad de condenar, minimizar y desacreditar las opiniones que vengan de una mente femenina; y por salud mental, una debe hacer de tripas corazón para enfrentar y tolerar lo que venga, porque es el precio que hay que pagar por el “privilegio” de ser mujer.

Muchas mujeres tienen pensamientos muy abiertos y acertados, cargados de sentido común, opiniones inteligentes, con gran valor crítico; pero no alzan la voz, viven bajo el temor constante de  decir lo que piensan, por miedo a ser censuradas, ultrajadas verbalmente, desacreditadas y transgredidas, porque siempre hay quienes laceran su dignidad con comentarios hirientes, ofensivos y cargados de prejuicios. A lo largo de la historia, toda mujer que ha desafiado los esquemas, ha sido víctima de todo tipo de vejámenes que van desde la proscripción social hasta el feminicidio. Para las mujeres, decir lo que pensamos ha sido siempre una lucha constante por negociar un derecho que no se considera inherente a nuestra condición.

Es lamentable que en pleno sigo 21, todavía existan paradigmas de género tan arraigados que impidan ver a la mujer como persona y se la limite a correr la suerte de un mero accesorio decorativo, un objeto de diversión y un elemento para someter y controlar. Ésta forma de desacreditación y minimización de lo femenino es asimilada incluso inconscientemente por aquellos que dicen no estar impregnados de este tipo de convencionalismos.

Existe hoy en día una especie de “machismo benevolente” o “neomachismo”, que se caracteriza por “permitir” a la mujer el ejercicio de ciertas libertades, pero no sin coartar otras, bajo el argumento de que hay conductas que “no son propias de una mujer”. Estas restricciones pretenden regular el lenguaje que utilizamos, la forma en la que vestimos, el número de parejas con las que debimos relacionarnos para ser consideradas “decentes”; el tono de voz e incluso el volumen de nuestra risa puede ser motivo de censura y desvaloración. Somos constantemente monitoreadas para encajar en ese perfil de “mujer buena” que todos esperan que seamos; pero nunca nos preguntan si estamos conformes con esos mandamientos o si eso es lo que deseamos, porque se espera de nosotras una asimilación a las reglas y sumisión completa a los estándares que se nos han impuesto.  

Ante ésta afirmación, nunca falta quien dice que existen mujeres que se aprovechan de su condición para exigir un trato especial y la concesión de ciertos privilegios. Éste no es un argumento poco común, incluso hay campañas publicitarias que están orientadas a viralizar estas concepciones erradas sobre la feminidad, mismas que contribuyen a minar el subconsciente del consumidor con una serie de estereotipos para que el inconsciente colectivo dé por cierto aquello que no es más que una falsa y vana reproducción de la imagen de la mujer.

Una de las formas menos visibles de vulneración de la imagen de la mujer es la “cosificación”, que  consiste en una serie de conductas socialmente aceptables que le permiten al hombre ver a la mujer como un objeto de consumo, que en términos llanos quiere decir que se interpreta que la mujer es algo que puede ser susceptible de comprar. Como contrapunto a éste fenómeno, están los que siempre preguntan: ¿Y qué sucede cuando una mujer se cosificas a sí misma, cuando está a la espera de que llegue ese príncipe azul en corcel blanco a resolverle la vida, cuando está acostumbrada a pedir sin hacer, a aprovecharse y tomar ventaja su condición de mujer para demandar, cuando se pone un precio y se convierte a sí misma en una mercancía?; pero, ¿Por qué nadie se hace esos cuestionamientos, cuando siendo unas niñas nos alimentan el subconsciente con cuentos de princesas desvalidas e inútiles cuyo único propósito en la vida es el de esperar a que llegue un hombre adinerado a salvarnos para que podamos ser felices por siempre?.

Se nos impregna con la idea de que debemos ser dependientes porque estando solas nunca nos sentiremos completas ni seremos capaces de lograr nada en la vida, en lugar de trabajar sobre nuestra autoestima y enseñarnos a gestionar nuestras emociones para conquistar metas por nosotras mismas. Se nos condiciona incluso para ver el maltrato y el posterior perdón como una muestra de amor y compromiso y así aprendemos a confundir el amor con sufrimiento y violencia psicológica, con sumisión, y como consecuencia, nos quedamos y aguantamos, porque hemos entendido que eso es el amor. Nadie nos dice que está bien enamorarse, pero sin esa necesidad de dependencia, sin dejar que el otro nos gobierne o decida por nosotras.

De una mujer se espera que siempre quiera casarse, y que todas las decisiones que tome en la vida sean en procura de encontrar esa pareja perfecta para complementarse, porque se nos ha dicho que somos seres incompletos, en lugar de enseñarnos que para ser plenas no nos hace falta otro y  que no somos complemento de nadie, ni la mitad de un todo.

En las sociedades patriarcales a hombres y mujeres se nos deja ver desde muy temprano, que no encontrar pareja es sinónimo de fracaso personal, cuando hacer vida al lado de otra persona debería ser algo opcional y no un requisito forzoso. El matrimonio tendría que ser ilustrado como sinónimo de respeto, libertad, igualdad, confianza y compañerismo, no como un elemento que determine nuestro éxito o fracaso; y no se trata de suprimir el amor, se trata de no mitificarlo elevándolo a la categoría de Santo Grial.

Como mujeres, se nos exigen cuotas importantes de renuncia en términos de tiempo, para prestarle atención a la pareja, tenemos que dejar de ser tan dedicadas en nuestro trabajo para poder cumplir con las labores del hogar, entonces nos cuestionamos si el amor es un riesgo, se activan nuestros mecanismos de defensa y llegamos a temer comprometernos emocionalmente para no perder esa independencia que tanto trabajo nos ha costado. De un hombre se espera que llegue tarde del trabajo y no se le reprocha, pero cuando una mujer llega tarde, seguramente encontrará un marido molesto y hambriento, porque desde la mentalidad moldeada a punta de tradicionalismos, no se logra entender que amor no es sumisión y que la vida en pareja debe estar determinada por una igualdad de condiciones en donde ambos tengan responsabilidades compartidas en el hogar, desde lo económico hasta las tareas domésticas.

Nos modernizamos, nos preparamos académicamente, adquirimos pensamiento crítico, pero en el amor seguimos siendo idealistas, seguimos queriendo amar y que nos amen bajo principios idílicos mitificados y en ese orden de ideas, no buscamos compañeros para formar una pareja, buscamos a alguien que nos salve, para regresar a vivir en dependencia emocional. 

Se nos dice que debemos ser exitosas, pero cuando alcanzamos nuestras metas, se cuestiona la forma en que llegamos a alcanzarlas y se infiere que tuvimos que tomar algún atajo o valernos de nuestra sexualidad para conseguirlo, muy rara vez se nos da el crédito por nuestros triunfos personales ya sea en lo académico o en lo laboral, porque se tiene la concepción de que la mujer no es capaz de alcanzar el éxito sin la ayuda de un hombre que la impulse.

Los medios de comunicación, las revistas, los comerciales, la industria del cine, están constantemente bombardeándonos con publicidad que nos orienta a cumplir con ciertos estándares de belleza y ser atractivas para gustar. Nos fuerzan a ser delgadas, a maquillarnos y vestirnos sexys; y Dios nos libre de tener sobrepeso o un poco de celulitis porque entonces somos tachadas de descuidadas y feas; pero por otro lado, si somos atractivas, se nos dice que estamos tratando de llamar la atención y de tomar ventaja de nuestra sexualidad, exhibiéndonos y degradándonos, “faltándonos al respeto”, aunque en un principio se nos dijera que debíamos empeñarnos en ser bonitas.

Se nos dice que debemos “darnos a respetar” y actuar con propiedad y decoro, porque eso es lo que se espera de nosotras. Se nos enseña a tomar precauciones para no ser violadas, en lugar de enseñar a los hombres a no violar, a respetarnos y a guardar la distancia, sin importar el tamaño de nuestra ropa, el lugar dónde nos encontremos o el grado de alcohol que hayamos ingerido. En consecuencia, nos trasladan a nosotras toda la responsabilidad de salvaguardar nuestra integridad física y psíquica.

Cuando somos víctimas de alguna agresión de naturaleza sexual, se nos revictimiza cuestionándonos sobre los comportamientos que pudimos haber o no exhibido que pudieran en alguna medida “incitar” al agresor, como si éste último fuera la víctima dentro de esta ecuación, automáticamente nos convierten en las culpables porque la lógica machista prescribe que la mujer provoca y el hombre cede ante la provocación, como si éste fuera un autómata sin voluntad, guiado por sus instintos,  incapaz de controlarse a sí mismo. ¿Y es que un hombre no sabe distinguir entre un acto consensual y una agresión?, por supuesto que sí, pero decide ignorar su lado racional y agredir de todos modos.

Todas estas preconcepciones emulan al relato de la caja de Pandora, donde la malignidad proviene siempre de la figura femenina como una justificación para todos los males del mundo. En lugar de seguir estigmatizándonos y culpándonos por las conductas represivas de los hombres, reforcemos la idea de que los hombres deben respetarnos porque somos personas, por radical que esto les parezca, exigiendo seguridad en los espacios públicos, acabando con la dictadura de la belleza, dejando de censurarnos por expresarnos, erradicando así todas las manifestaciones de violencia de género, pues en palabras de Maya Angelou: “Cada vez que una mujer se levanta para sí misma, sin saberlo posiblemente, sin clamarlo, se levanta por todas las mujeres”. 

NO, EL AMOR NO MUEVE MONTAÑAS.-


Los seres humanos estamos enfermos de amor, esa frase me remite de inmediato a aquella canción de John Lennon: “All you need is love” (Todo lo que necesitas es amor), hasta allí, todo bien. La dificultad se presenta cuando todo el amor que tenemos se vuelca hacia otra persona y nos olvidamos de amarnos a nosotros mismos, y eso es apego, no amor, el amor es otra cosa.

Es culturalmente aceptable la idea de que el amor todo lo puede, que el amor mueve montañas, que el amor es incondicional y eterno; tenemos tatuado en nuestro subconsciente una noción equivocada del amor, porque el amor es cosa de dos y a veces uno se queda queriendo solo y en ese camino pierde la dignidad. Una de las evidencias más tangibles de esta afirmación, se manifiesta con esa aplicación tecnológica del diablo llamada WhatsApp, esa burbujita verde es el detonante de las muestras más aberrantes de falta de amor propio.

Veamos un ejemplo: Cuando la persona a la que estás emocionalmente vinculada está online en WhatsApp o Messenger, pero no está hablando contigo, inmediatamente sentís una punzada de enojo porque deducís que está hablando con alguien más, te embarga una sensación de pérdida de control, porque no sabés con quién habla, ni de qué, afloran tus inseguridades, experimentás un miedo irracional a perder esa vínculo afectivo que te une a la otra persona y que erróneamente llamás amor.

Lo que olvidamos y anulamos completamente es la capacidad de entender que esas emociones no son ocasionadas por la otra persona, son nuestras emociones, el otro no tiene nada que ver con cómo nos sentimos, a lo mejor está hablando sobre algo del trabajo, o está saludando a un amigo o simplemente abrió WhatsApp o Messenger para verificar si tenía mensajes o para mandarte uno, pero se distrajo, o sí habla con alguien en quien está interesado. La realidad es que no hay manera de saberlo. El problema es que queremos tener control sobre todo lo que la otra persona está haciendo, lo que piensa, lo que siente, con quien se comunica; pero las relaciones humanas no funcionan de ese modo, porque somos entes individuales y no podemos fusionarnos mentalmente con el otro.

Entonces, si el otro no es responsable de esas emociones ¿Por qué las manifestamos?. Existen tres factores que determinan esa sensación de malestar que nos invade: 
  1. Vinculás el amor con la sensación de felicidad: Se tiene la concepción de que al tener a una persona a nuestro lado, estamos comprando felicidad instantánea, esto es porque sentimos apego y no concebimos la idea de la separación, porque estamos convencidos de que no podemos ser felices estando solos. 
  2. Vinculás el amor con la sensación de seguridad: Tenemos asumido que al estar en pareja, todo lo demás va a estar bien, de allí la frase aquella de: “el amor todo lo puede”, cuando la realidad es que la vida sigue siendo lo misma, es sólo nuestro estatus sentimental el que ha cambiado. 
  3. Vinculás el amor con el propósito que tenés en la vida: Te enamoras bajo la fantasía de que has encontrado a la persona que te estaba destinada, tu pareja perfecta, tu otra mitad; y en esa ilusión se pierde el deseo de satisfacer las necesidades propias por satisfacer las necesidades del otro. Entonces, al ver peligrar esa “unión divina”, nos embarga una sensación de tristeza y ansiedad por la potencial pérdida y perdemos el autocontrol.
Existe en términos más o menos holísticos, algo llamado: “La Triada del Amor”, que vendría a ser una representación de los ingredientes que debe poseer una relación sentimental para que sea plena. La triada del amor, se compone de tres elementos: El eros, la filia y el ágape. 
  1. El Eros: es el deseo sexual que se siente por la pareja, esa sensación de bienestar que nos produce la relación coital con el ser amado.
  2. La Filia: Es la camaradería, el compañerismo, la complicidad, la compatibilidad dentro de la pareja. 
  3. El Ágape: Es procurar el bienestar del otro, ese deseo de que el otro esté bien, porque en la medida en que el otro sufre, nosotros también sufrimos. 
Si en una relación de pareja, falta alguno de esos elementos, entonces el amor está incompleto, porque la ausencia de uno de esos sentimientos, nos produce sufrimiento y el sufrimiento es incompatible con el amor.


Entonces ¿Qué es el apego?, básicamente es la incapacidad de renunciar a una relación que sabemos que nos hace daño, por temor a no poder soportar estar solos, sentimos que sin el otro no somos nada; en consecuencia, persistimos en la conducta y nos convertimos en adictos al sufrimiento emocional. 

Esta sensación de impotencia está directamente vinculada con la autoestima del apegado. Una persona que está bien consigo misma, no tiene la necesidad de sentirse vinculada emocionalmente a nadie, no experimenta celos, porque es plenamente consciente de que puede perfectamente vivir con plenitud sin tener a alguien a su lado, por consiguiente, es capaz de amar por completo sin renunciar a amarse a sí misma, el otro no es su centro, ni su equilibrio, ni su todo, es sólo el receptor de su afecto. El que ama con equilibrio, no sufre.

¿Cómo identificamos si estamos en una relación con apego?, así: 
  1. Cuando no te quieren como a ti te gustaría que te quisieran: Si estás en una relación en donde no te están dando el afecto y la atención que necesitás para sentirte amad@, entonces estás mendigando cariño y esto pasa porque el común de la gente tiene la idea de que "los opuestos se atraen", cuando la realidad nos dice que para formar parejas, deben haber compatibilidades y no disparidades. 
  2. Cuando tenés que negociar tu autorrealización: Si estás en una relación en donde siempre tenés que estar limitando tu potencial para no incomodar al otro, no podés alcanzar tus metas, porque tu desarrollo ocasiona disgusto o resentimiento en tu pareja y eso te limita y te hace infeliz. 
  3. Cuando tenés que negociar tus principios: Si en tu relación, tenés que renunciar y dejar atrás todo aquello que te define: tus gustos, tus aficiones, tus creencias, etc., entonces estás anulándote como persona, no podés ser vos en plenitud, porque tu pareja no concibe la idea de que puedas encontrar felicidad en otros aspectos de la vida que no le involucren.
Las personas apegadas, generalmente no tiene el control de la relación, aunque crean que es así y que con sus obsesiones están reafirmando el amor que sienten por el otro y manteniendo firme la relación. Esa es solo una ilusión, en realidad  tangible, el que tiene el poder en una relación es el que menos necesita al otro, el que puede sobrevivir sin el otro, porque no siente que le falta nada para estar completo.

Renunciar a un deseo cuando debe hacerse porque es dañino para nuestro bienestar, es una cuestión de supervivencia, no es ser cobarde, ni inconstante, es amor propio, es tener una autoestima saludable y poseer autocontrol. Persistir en la conducta del apego, sabiendo que nos hace daño es una señal de debilidad emocional. 

EL POLLO


Me sorprendí esta tarde recordando a un mi pretendiente con el que nunca llegué a nada, no por falta de ganas, ni porque no me gustara; la verdad, todavía no sé qué pasó. Le decían El Pollo y se parecía a Jim Morrison, era casi idéntico, llegaba a mi apartamento con unos amigos de la Universidad, para la época en la que habíamos formado un grupo literario que se llamaba: “Milpazos”; él también estudiaba en la UCA, no recuerdo qué carrera, pero tenía que haber sido Filosofía o Psicología, porque era muy callado.

El Pollo no hablaba mucho, era de esos silenciosos con aspecto de hippie, que se sientan en un rincón y te observan con minuciosa atención, cuando hablaba lo hacía pausado y con un tono de voz profunda y melancólica, casi como un susurro aterciopelado.

A pesar de su constante mutismo, El Pollo sí hablaba conmigo, la primera vez que platicamos, se quedó después de que todos mis amigos se fueron a sus casas, hablamos hasta la medianoche, cuando nos dimos cuenta de la hora que era por la cantidad de colillas de cigarro ahogadas en una taza de café; desde ese día, hablábamos por teléfono casi a diario, por horas y horas, sobre cosas de las que casi nadie habla. Sabía de música, le gustaba la trova, el rock alternativo, la literatura, la poesía, tocaba la guitarra y creo que también cantaba, era por así decirlo: mi hombre perfecto, esa criatura de leyendas que yo me decía que sólo existía en los cuentos que me inventaba o en una realidad alternativa donde seguramente habitaba ese ser mitológico que yo quería para mí.

El tema con El Pollo es que nunca se decidía, se contentaba con verme de lejos en la U y con hablar conmigo todas las noches o llegar a mi casa a visitarme para llevarme libros y hablar de poesía. Yo sabía que le gustaba, porque se lo pregunté y creo que una vez lo besé, no lo recuerdo bien; nunca me ha gustado andarme por la ramas, pero presiento que si yo no hubiera sacado el tema, seguramente me habría quedado con la duda, porque El Pollo era de ese tipo de hombres que llevan las cosas lento, con un ritmo casi de astronauta caminando por la luna.

El Pollo y yo, un día simplemente dejamos de hablar, eran los 90´s y yo por esa época vivía más en estados alterados de conciencia que en la vida real y creo que finalmente se dio cuenta que su velocidad era la de un caracol y la mía la de un huracán de categoría 5.

En realidad no noté en qué momento dejamos de contactarnos, creo que perdí el interés y simplemente me cansé de esperar a que diera el primer paso. A decir verdad, ni siquiera recuerdo su nombre, seguramente el Tata o Alex supieran como se llamaba, y no es que no me interesara, como repito, es sólo que los 90´s son brumosos en mi memoria, fue una época de experimentos psicodélicos, amor y paz, licor, cigarros, poesía y café.


Cada cierto tiempo me acuerdo del Pollo, quisiera saber qué fue de él e invitarle un café, pienso que seguramente ahora es un señor importante o algo así, era muy inteligente y la gente así siempre tiene destinos similares, a lo mejor vive en el extranjero, no lo sé, pero fue una de esas cosas que no se dieron y que de haberse dado habrían sido simplemente geniales. ¡Puta! ¿Dónde estará El Pollo?. Si alguien sabe dónde está El Pollo dígale que le quiero invitar un café... como cheros va jajaja… En serio. 

FIESTAS PATRONALES Y ENCUENTROS CASUALES (Una historia de terror a la salvadoreña).


Esta es una historia real, le sucedió a un amigo y compañero de Universidad a quien llamaremos Carlos, por razones de confidencialidad. Carlos es originario de Lolotique, municipio de San Miguel y como todo buen Lolotiquense, le encanta ir de vacaciones a su pueblo, sobre todo en época de fiestas patronales.

Corría el mes de febrero y en Lolotique se respiraba ese típico olor a fiesta: risas, alegría, algodones de azúcar, dulces artesanales y conocidos que te saludan por la calle como viejos amigos. Cuando sos de pueblo, las fiestas patronales son un acontecimiento importante, se trata de salir con los amigos, vestir tus mejores “mudadas”, trasnochar y divertirte.

Para Carlos, estas fiestas eran especiales, porque había una cipota en el pueblo a la que llevaba varios meses taloniando. Cada fin de semana, cuando llegaba del receso de la U, se aseguraba de llevarle algún chocolate o un regalo especial de acuerdo a su presupuesto de estudiante, para mantenerla siempre a la expectativa. Ese día, habían quedado de bailar toda la noche en la fiesta y Carlos pensó que esa iba a ser la oportunidad perfecta para caerle con patada al pecho.

Carlos se bañó con esmero de cirujano, rasuró los dos pelos que tenía en el mentón, se puso su mejor jeans, una camisa formal y unos tenis que le habían costado treinta dólares más una hambriada de dos semanas, porque se gastó lo de los almuerzos para poder darse el lujo. Así, todo catrín, bañado y perfumado, salió de su casa rumbo a la fiesta para encontrarse con la cipota que le robaba el sueño.

Cuando finalmente llegó al parque, ya la orquesta había empezado a tocar la primera tanda, estaba muy concurrido, entonces empezó a abrirse paso entre la gente que bailaba y los mirones, en busca de su bicha. Después de dar tres vueltas sin encontrar a la cipota, supuso que aún no había llegado a la fiesta, por lo que se acercó a unos amigos para tomarse un par de cervezas y hacer tiempo mientras esperaba.

Llegadas las diez de la noche y después de hacer una inspección escrupulosa entre la concurrencia, Carlos llegó a la conclusión de que lo habían dejado bajado. Decepcionado y ardido, se dispuso a emborracharse hasta la inconciencia para aplacar la pena, sabía que con la presencia de los amigos, esa no iba a ser una labor difícil; y así fue, tomó cerveza tras cerveza hasta ponerse bolo, pero no lo suficiente como para no notar a la voluptuosa morena que estaba sentada sola a dos mesas de la suya. Cruzaron un par de miradas, hasta que Carlos se armó de valor y caminó hasta la mesa de la morena misteriosa.

La saludó con educación y le preguntó si podía sentarse, ella accedió de buen modo. Carmen se llamaba, llevaba puesto un vestido rojo ceñido al cuerpo y zapatos negros de tacón alto, era de plática fácil y buen ánimo. Conversaron por largo rato y pronto la plática derivó en asuntos más mundanos. El Carlos que no era ningún lento, respondió a las insinuaciones sin ninguna pena y más rápido que pronto le sugirió que dejaran la fiesta para ir a un lugar más tranquilo a “platicar”.

Se escabulleron con discreción hasta dejar atrás el parque y la multitud, Carlos ya se sentía bastante bolo y le preocupaba que llegado el momento no pudiera cumplir con la tarea de satisfacer a la dama misteriosa, pero le hizo huevos y siguió caminando. Para su sorpresa, ella tomó la iniciativa y lo llevaba de la mano, guiándolo entre las calles empedradas y conduciéndolo por esquinas lóbregas y desoladas.

Finalmente ella se detuvo en un rincón oscuro que Carlos no pudo reconocer, y sin mediar palabra, de un empujón lo aventó de espaldas al piso y acto seguido se dispuso a bajarle el pantalón. Mientras ella hacía de lo suyo el tal Carlos pensaba en que no le había dolido el talegazo de la caída, creyó que a lo mejor estaban en un engramado; pero eso dejó de preocuparle segundos después, cuando se vio distraído por las nalgas de aquella mujer, que según él recuerda, eran monumentales.

El encuentro duró un tiempo que Carlos nunca ha sabido determinar, lo que sí recuerda es haberse quedado dormido en aquel presunto colchón natural hasta que los primeros rayos del sol y el canto de los gallos lo despertaron. Cuando abrió los ojos y recuperó la conciencia, sintió un olor nauseabundo; a como pudo, entre el dolor de cabeza y la resaca, se incorporó, sólo para corroborar con espanto, que había dormido toda la noche sobre un chucho muerto y en estado de descomposición. De inmediato se quitó la camisa, le sacudió los gusanos y corrió hasta su casa, para poder bañarse antes de que todos despertaran y le sintieran el patín a muerto.  

Al día siguiente, Carlos se regresó a la Universidad, pero se quedó pensando en la identidad de aquella morena que se lo había cogido encima del chucho muerto, sobre todo cuando empezó a sentir una extraña pero preocupante comezón a la altura del glande, no tardó en darse cuenta de que algo andaba mal con su pirulín, cuando confirmó que justo en la cabecita tenía unas raras manchitas rojas que pronto se convertirían en un infierno y le provocarían una comezón que no lo dejarían dormir por varios días.

Compungido y avergonzado, decidió mostrarle a su mamá aquel penoso hallazgo; pero su mamá que era una señora que conocía de esas “enfermedades de hombre”, no se alarmó y le hizo unas cataplasmas para que se las pusiera todas las noches en el pilín. Carlitos se quedó tranquilo, cipote tonto como era, pensó que eso sería todo, hasta aquella fatídica mañana, en la que se despertó para ir a orinar y al soltar el primer chorrito, sintió un ardor del mismo infierno y contempló con espanto que de su pene no salía un chorrito de pipí, salían cerca de quince chorritos de sangre dispersa que lo hacían parecer una regadera abierta. Lo demás ya es historia, cuentan que Carlos llamó entre gritos y llantos a su mamá para que llegara en su auxilio.

La enfermedad que padecía Carlos, es para nosotros un misterio, nunca quiere hablar al respecto, siempre que le preguntan evade el tema entre negativas y putiadas, todo lo que se sabe es gracias a los amigos hechos  mierda que lo pusieron en evidencia. Lo que sí es cierto es que tuvo que ponerse cuatro inyecciones de penicilina mensuales por un período de seis meses para poder deshacerse de aquella desgracia; y que jamás volvió a ponerse bolo para evitar caer en la tentación de escabullirse con otra morena misteriosa en medio de la noche. 

EL PALITO DE MORINGA DE MI PAPY


Estas son unas semillitas que estoy tomando a diario para equilibrar mi sistema inmunológico, son un hallazgo de mi papá que siempre está buscando remedios alternativos naturales para contrarrestar los síntomas de mi Lupus. “La Moringa o “Moringa oleífera”, es un árbol originario de norte de India. Crece en casi cualquier tipo de suelo, incluso en condiciones de sequía, por eso los científicos recomiendan a las poblaciones que lo cultiven para alimentarse; contiene un alto contenido de proteínas, vitaminas, minerales y una cantidad excepcional de antioxidantes que le confieren cualidades sobresalientes en la nutrición y salud humana”.

Tengo conocimiento de los beneficios de la Moringa, porque mi papy intentó inútilmente cultivarla en el jardín de nuestra casa, hará unos diez años. Digo que “intentó inútilmente”, porque mi Pá es un hombre sumamente culto, un manantial de conocimiento, con un montón de títulos, el hombre más inteligente y sabio que conozco, pero la agricultura no se le da jajajaja. 

Corría el año 2004 cuando mi padre llegó muy alegremente a la casa con una bolsa llena de semillitas picaronas y me dijo: “Mirá Vero, éstas son semillas de Moringa, son excelentes para la salud, si te comes dos diarias se te van a subir las defensas, las voy a sembrar, porque hasta los palitos y las hojas tienen propiedades beneficiosas para la salud. Dicho y hecho, agarró un huacal de zin que estaba en el patio, le echó unas paladas de tierra y sembró las semillas. (Zin, es la forma que la gente de oriente tiene para decir que algo es de metal de hojalata, no me pregunten por qué, porque no tengo ni peregrina idea).

Religiosamente, mi papy se levantaba por las mañana a regar la tal Moringa, hasta que un día germinó y empezó a dar hojitas, mi Pá bien contento no veía la hora de cosechar las semillitas milagrosas. Pasó el tiempo y aquella plantita empezó a crecer y a convertirse en un palito delgado lleno ramas con hojitas verdes; a medida iba aumentando de tamaño, mi papy le ponía cuñitas alrededor para que no se torciera y creciera derechito. Era tanto el amor que le profesaba a aquel palito, que llegué a pensar que lo quería más que a mí... en serio.

Llegó el mes de mayo y con él, las lluvias características de la época, entonces mi papy dijo: “Yo digo que ya es tiempo de pasar la Moringa al suelo”, dicho eso, le hizo su espacio en el patio, lo preparó con esmero en el mejor lugar, donde daba el sol; un rincón de tierra fértil para la Moringa. El traslado se tenía proyectado para un fin de semana en que él no iba a ir a trabajar, le dedicaría toda la mañana a aquella empresa. Se llegó el viernes que se anticipaba al fin de semana de la plantación y justo esa noche se desató una tormenta huracanada de esas que sólo se ven en mi pueblo, se cayeron postes del tendido eléctrico, volaron techos de lámina, hubo inundaciones; en fin, pasamos esa noche sacando el agua que se colaba por las paredes. 

A la mañana siguiente, lo primero que hizo mi papy fue salir a ver los destrozos del patio, unos segundos después escuchamos un grito desgarrador: “!!!POR LA GRAN PUTA!!!”... todos salimos corriendo a ver lo que había sucedido. Y es que mi papy no dice malas palabras, nunca pierde la compostura y al escucharlo maldecir, nos temimos algo grave. Nos apresuramos al patio para atestiguar la desgracia inminente y con el corazón en la boca le preguntamos: ¿Qué pasó?, a lo que mi papy respondió angustiado: “¡¡¡Se me jodió la Moringa!!!... mi hermana y yo no pudimos contener la risa jajajajajaja era una escena dantesca, aquel otrora arbolito floreciente, había sido reducido a chiriviscos quebrados que yacían inertes en el suelo lodoso, meses y meses de primorosos cuidados, allí, todos hechos mierda jajajaja, lo recuerdo y todavía me parto de risa. Les juro que no es crueldad, pero ver a mi papy putiar hasta a las paredes es una de las cosas más graciosas que he visto en mi vida.

Recogimos los restos del palito de Moringa y prometimos volver a plantarlo, pero luego nos mudamos y aquellos palos quedaron olvidados en algún rincón de la nueva casa. No volvimos a tocar el tema, hasta hace un par de meses cuando mi papá regresó del trabajo consternado diciendo: “Mirá, allá por la oficina estaban vendiendo diez semillas de Moringa en seis dólares, imaginate, ¡¡¡seis dólares!!!”, entonces volví a recordar la pasada y me dije a mi misma: mi misma, tenés que escribir sobre esto, para que quedara constancia. 

Unos días atrás mi papy regresó del pueblo con una bolsa de media libra, llena de las semillas de Moringa y me dijo: “Mirá, a dos dólares me las dieron, te tomás dos diarias y guardá unas para que las sembrés en el patio”. Así que allí estoy, pensando dónde putas sembrar las mentadas semillas para darle gusto a mi viejo, a ver si finalmente se nos hace tener en la casa un palito de Moringa, ojalá que me germine, a ver si no se me destorta también con alguna tormenta. 

¿CUÁNDO FUE LA PRIMERA VEZ QUE TE ACOSARON?

La primera vez que me acosaron tenía yo 4 años, recuerdo que tenía esa edad porque mi hermana no había nacido aún, pero yo ya sabía and...